Querida Fulana:
Tu carta me sorprende alegremente, como todo lo que es bueno: no me la esperaba.
Creo que la médula del asunto es aceptar dos afirmaciones: Sí, somos extrañas. Y sí, nos encanta.
Sospecho que todas las personas interesantes que conozco y que vos conocés son raras. Nada hay de intrigante en el promedio ni en la linealidad sin sobresaltos de una conversación que versa del clima y los otros temas insípidos de los que la gente normal platica. Me gusta pensar que tenés un mundo de personas, relaciones, guiños, pensamientos que desconozco. Sos como un libro que hay que leer.
Contémonos historias. Llena con tus palabras mis silencios (como solés hacer), decidí con tu mirada (traducible en “¬¬”) que mis premisas son absurdas y obligame a justificarme. Divertime con tus venganzas, maravillame con la hazaña de tu cariño y sensibilidad tan bien disimulados, con ser esa galaxia (vos no sos un mundo) que colinda con la mía, que va en su propio camino, pero que está cerca.
ILUB. Espero seguirte queriendo a pesar de los cambios, de las etapas de nuestras vidas y de las personas que llenan nuestros días. Y voy a aventurarme a querer que me querás como esta amiga loca y tuya que soy, medio random y poco poética en estos días, esta transparencia sumamente empalagosa que te cree todo lo que digás.
Me niego a encontrar una única palabra: te propongo una palabra comodín de forma, que se mute en todas las palabras que surjan en este vacil de andar vivas y que se llene de letras como si fueran pulgas. Yo quiero una palabra que no sea una palabra, sino el espacio para colmarse de ellas.
Porque vos y yo, Fulana, somos una historia.
cc. Tittytiff